Día mundial contra el cáncer

Ana María Casas
Durante más de 30 años, esta oncóloga hizo frente al cáncer desde un lado de la consulta. Hace tres que conoce también qué se siente en el lugar del paciente, donde ‘viven’ la vulnerabilidad y la incertidumbre.

“Yo misma me noté un bulto en el pecho mientras me arreglaba. Estaba en Suiza, en un congreso, y en ese momento me di cuenta de que podía ser un cáncer”, recuerda. Quiso ahogar el susto que latía en su interior e intentó no pensar demasiado en ello hasta que, tres días después, un lunes de marzo, una mamografía apuntaló lo que habían adelantado su intuición y su experiencia. “El radiólogo no sabía cómo decírmelo. Buscaba las palabras hasta que le miré y le dije: ‘no te preocupes, ya lo estoy viendo'”.

Antes de que acabara el mes, una biopsia confirmó el diagnóstico y llegaron la quimio y la cirugía para poner su vida patas arriba. “Todo cambió. De repente tomas consciencia de que la vida tiene un final, de que aquí estamos de paso y antes o después te tocará a ti”, rememora.

El primer abordaje de la enfermedad duró aproximadamente un año, 12 meses en los que Casas experimentó un profundo proceso de introspección. «Al contrario que algunos tipos de cáncer, que pueden ser fulminantes, el de mama suele dar un margen, un intervalo en el que puedes parar, mirar a tu alrededor y valorar las cosas verdaderamente importantes».

“En ese sentido creo que el cáncer puede hacerte más sabia. Te pone frente a tu vida y te hace apreciar lo que merece la pena, disfrutar de aspectos que antes dabas por hechos, y dejar de lado lo que verdaderamente no te aporta nada”

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Hoy en día, esta especialista, que también es coordinadora de Relaciones Institucionales del Grupo SOLTI de investigación en cáncer de mama, se encuentra “en general bien”, aunque evita pronunciar la palabra curación. “A menudo se habla de curación, de supervivencia. Pero eso es un arma de doble filo. Sí, se pueden superar los tratamientos en fase aguda. Pero luego, estamos en un standbyque nadie sabe cuánto va a durar. Esto hay que saberlo y hay que explicárselo a las pacientes, lo mismo que hay que decir que casi el 80% de las enfermas no se van a morir de un cáncer de mama”.

Como profesional, esta oncóloga asegura haber aprendido mucho de su experiencia personal. “Las pacientes pasaron de verme en la consulta a compartir conmigo el sillón de la quimio. Ahí aprendí a ver la enfermedad desde los dos lados. El cáncer me ha hecho comprender mejor muchas cosas, valorar más problemas que antes me parecían nimios”, como el dolor de muñecas o tobillos que se derivan del tratamiento con terapia hormonal, “que afectan mucho a la calidad de vida” y que en la rapidez de las consultas a menudo se pasan por alto.

“También comprendo mejor el miedo a la enfermedad y a pasar mucho tiempo en un ambiente inhóspito, como puede ser el hospitalario”, señala, aunque acto seguido subraya que en ese sentido se siente “una privilegiada” porque se trató en su hospital, arropada por sus propios compañeros, con los que pudo discutir cada paso a seguir en su tratamiento.

El conocimiento, subraya Casas, nunca es malo cuando se trata del cáncer. En su experiencia profesional -además de especialista clínica, ha sido directora médica de dos centros hospitalarios y coordinadora del primer plan integral contra el cáncer que hubo en Andalucía en los años 90-, siempre ha tratado de potenciar la formación del paciente, la divulgación de información clave. Y su vivencia personal con el cáncer no ha hecho más que potenciar esa faceta.

“Un paciente bien informado se comunica mejor con su médico, va a poder gestionar mejor su enfermedad, se va a implicar en el abordaje”, explica Casas, que desde 2009 organiza un foro que trata de conectar a pacientes y profesionales en el hospital sevillano en el que trabaja.

Además, a raíz de la enfermedad fundó un club social llamado Creamos Lazos frente al Cáncer de Mama, que organiza actividades sociales, artísticas, culturales y formativas y, en última instancia, pretende fomentar el apoyo entre pacientes. “Es una ayuda para no vivir en el miedo, para no esconderse de lo que ha pasado.

Muchas veces el miedo se debe a la anticipación de fantasmas, que sólo son fantasmas. Si algo me ha enseñado el cáncer de mama es que de las amenazas se puede aprender. Y que ser consciente de la realidad, de nuestra fugacidad, es un acicate para disfrutar plenamente de cada momento, de que no debemos malgastar nuestra vida en lo banal”.

Fuente: El Mundo

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