Diario del Enfermero.- EUROPA PRESS.-  Un equipo de investigadores de la Universidad de Barcelona (UB) y del Hospital Sant Joan de Déu ha observado que los patrones de alimentación de la dieta mediterránea pueden estar relacionados con un menor diagnóstico del TDAH. El estudio, publicado en la revista ‘Pediatrics’, es el primer trabajo científico que aborda la relación entre la dieta mediterránea y el TDAH en niños y adolescentes, han informado la UB y el hospital este martes en un comunicado.

Sugiere que algunos hábitos alimentarios inadecuados pueden tener un papel en el desarrollo de este trastorno psiquiátrico, si bien añade que es necesario hacer nuevas investigaciones para determinar la relación de causalidad. El trabajo, que ha recibido financiación del Instituto de Salud Carlos III, se ha elaborado sobre una muestra total de 120 niños y adolescentes, la mitad de los cuales tenían TDAH y el resto eran grupo de control.

Los autores del estudio son la profesora de la Facultad de Farmacia y Ciencias de la Alimentación de la UB María Izquierdo y el jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Sant Joan de Déu, José Ángel Alda. La investigación “no establece una relación causa-efecto entre patrones alimentarios y TDAH, pero puede contribuir a concretar unas estrategias dietéticas específicas que mejoren la calidad de vida tanto de los afectados como de sus familias”.

Según los investigadores, no se sabe si estos niños tienen el trastorno por una alimentación inadecuada o si es el trastorno el que los lleva a comer un exceso de grasas y azúcares para equilibrar sus rasgos de impulsividad o angustia emocional. Sostienen que puede ser un “círculo vicioso”, es decir, que la impulsividad de los niños con TDAH los lleva a alimentarse de forma más inadecuada y, por esta razón, no ingieren los nutrientes que necesitan, lo que empeora los síntomas. El TDAH es un cuadro de origen neurobiológico que afecta cerca del 3,4% de los niños y adolescentes de todo el mundo, y es uno de los trastornos psiquiátricos más comunes en la primera infancia y adolescencia y sus consecuencias se pueden alargar hasta la edad adulta.

Fuente: Diario del Enfermero

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